En un
momento en que parecieran correr brisas de reactivación en Chile,
puede ser oportuno recordar una historia real ocurrida hace algunos
años cuando ejercía para una gran empresa industrial francesa. Grande,
de unos 55 mil millones de USD de facturación anual. Era habitual
que el Director Ejecutivo reuniera, un par de veces al año, a un millar
de gerentes con el fin de mantenerlos al tanto de la marcha de la
compañía y de la situación del mercado, así como de sus perspectivas
inmediatas.
La exposición,
como de costumbre brillante -concisa, completa, aterrizada-, derivó
en esa ocasión inadvertidamente hacia las confidencias. El alto ejecutivo
sintiéndose cómodo con su auditorio, confidenció: "la verdad es que
casi no pasamos agosto este año" dijo.
"En
1998 empezó en Chile un mes de agosto que parecía no
tener fin. Sin embargo, todo ciclo termina. La experiencia muestra
que en algunos casos no sobrevivimos porque nos desanimamos y perdemos
visión de largo plazo"
Prosiguió
con su detallada explicación: "Hace unas semanas y después de una
larga reflexión le solicité una entrevista al accionista principal
y presidente del Consejo de Administración. Le dije, presidente, me
pregunto si no habrá llegado el momento de reconsiderar radicalmente
nuestra posición y estrategia".
"Figúrese,
en estos últimos 36 meses hemos hecho todo lo que había que hacer:
racionalizamos la administración, reagrupamos procesos industriales,
introdujimos procedimientos de "justo a tiempo", renovamos las líneas
de productos, reorganizamos logística y sector comercial, reordenamos
las estructuras y las cosas no mejoran, al contrario, al parecer,
empeoran".
"Comprendo",
respondió el presidente, "He visto los esfuerzos desplegados y confío
en su juicio e intuición. Concédame, sin embargo, unas horas para
meditarlo y con el objeto de facilitarme la decisión desearía conocer
su opinión respecto a si usted cree que la situación que atravesamos
es comparable, peor o mejor que la que vivimos entre 1914-1918 o entre
1940-1945", agregó.