Cualquier
especialista estará de acuerdo en que los procesos industriales deben
regirse por estándares rigurosos de respeto de tiempo, temperatura,
humedad, etc., para alcanzar el mínimo de calidad exigido al producto.
Igual concepto se aplica a procesos menos estructurados como la gestión
financiera, el manejo de los recursos humanos o el marketing y las
ventas. Aquí se hace intervenir las matemáticas para estimar retornos
o encuestas para medir el clima laboral o los gustos del cliente.
Ahora bien ¿podría imaginarse la dirección de una empresa como una
actividad meramente intuitiva y carismática (o autoritaria) y sin
la utilización de criterios y reglas objetivas o estándares profesionales
universalmente aceptados? Naturalmente la respuesta parece ser que
el proceso de dirección se asemeja más a un proceso industrial que
a un mero ejercicio basado en la experiencia y las supuestas habilidades
y competencias de un mánager avezado.
¿Cuáles
debieran ser estos estándares que un mánager debe respetar? Señalaremos
los cuatro principales. En primer lugar y sin dudas, una visión
estratégica
precisa y realizable. En otras palabras ¿qué vamos a hacer con
la empresa? ¿Vamos a crecer, a consolidarnos, nos vamos a aliar
o, por ejemplo, queremos vender? Cuando decimos estrategia precisa,
ello
no quiere decir compleja. Ejemplo de una estrategia precisa: "nuestros
márgenes impuestos nos obligan a ser número 1 en ventas para
asegurar la rentabilidad requerida por el accionista y para ello
tenemos que
hacer tales cosas de tal manera".
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Una vez
que se sabe hacia dónde se va, las cosas se facilitan enormemente
porque los esfuerzos se concentran en una dirección y no hay pérdidas
de energía, al menos si somos capaces de evitar que la gente no se
desvíe de la línea central de trabajo. En segundo lugar se han de
transformar las prioridades y orientaciones estratégicas en planes
de trabajo por área, controlados por indicadores relevantes que nos
permitan comprender si avanzamos o no y también anticipar.
En
tercer lugar, tenemos que llevar a cabo los cambios de organización
que permitan mejorar la eficiencia (eficiencia = hacer más con menos
a calidad constante o superior) en la producción, en el área comercial,
en las finanzas y en el manejo de recursos humanos. Por último, explicar
incansablemente nuestros supuestos estratégicos a la gente y sus
objetivos. Y sobre esta cancha bien rayada, darles autonomía de acción
y presionar a fondo, pues serán conocidas por los ejecutivos las
medidas de rendimiento y que habrá que premiar o sancionar.
Parece simple ¿y
por qué entonces algunas empresas no suelen aplicar a la dirección
los mismos criterios rigurosos que aplican a la producción o a la
gestión financiera? La pregunta es pertinente, la respuesta es compleja.
Salgámonos con una pirueta. Digamos que la apertura de fronteras,
la presión por mayor profesionalismo y eficiencia, la creciente competitividad,
nos lleva hacia allá: hacia la instauración de un management estructurado
que forme parte indisociable de la cultura empresarial.
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