Llegado
el cuarto trimestre del año las empresas comienzan a preparar
sus presupuestos. Algunas, con el fin de ver algo más allá
de los límites del siguiente ejercicio, dedican o dedicaban
un par de jornadas a realizar una reflexión estratégica.
Agrego
“dedicaban”, porque así me lo hizo ver un connotado
director de empresa: “Hoy lo importante está en ejecutar,
no en planificar”. Es decir, se nos acabaría el tradicional
fin de semana estratégico que nos disponía a terminar
el año en algún hotel dotado de salas de reuniones y hermosos
jardines, ambientes muy cómodos, para pensar.
La
planificación estratégica se ha sobrevendido generando
después de casi cinco décadas expectativas incumplidas,
en numerosos casos, acompañadas de altos costos en preparación
interna y asesorías que han derivado en el desencanto y la frustración.
Desde luego, es frustrante esforzarse en preparar seriamente un plan
que en el mejor de los casos será archivado.
Y aunque pudiera parecer que nos enfrentamos a la muerte de la planificación
estratégica dentro de las empresas, los dirigentes de las más
grandes compañías del país -empresas de categoría
mundial, como se les llama ahora- aseguran que ninguna carece de un
plan estratégico formal.
De esto se
desprende que no es la planificación por si sola la que debe
ser reemplazada sino que debe evitarse – y con urgencia- la planificación
estratégica mal hecha, mal ejecutada.
Cuando los
planes son teóricos, extensos, presentados con profusión
de cifras y expresiones que suenan bien y que no se traducen en acciones
concretas ni reflejan un consenso de los principales actores de la organización,
es muy difícil o imposible llevarlos a cabo. Podría decirse
que se “ejecutan” a sí mismos y mueren sin más.
Por el contrario,
un plan de trabajo de mediano plazo, aterrizado y consistente, asumido
en la práctica diaria por la empresa, resulta indispensable porque
permite concentrarse en lo esencial y ahorrar energías dejando
de lado lo accesorio.
Permite
anticipar y corregir tendencias: la gente hace lo que tiene que hacer
y sabe lo que se espera de ella. Los dirigentes sobre una cancha bien
rayada, pueden dar autonomía a sus equipos y dejarles desarrollar
el máximo de iniciativas. Y exigir a fondo, sabiendo todos que
según sea el resultado, serán recompensados o de alguna
manera, sancionados.
Naturalmente,
es clave realizar un seguimiento permanente de las tareas y los objetivos,
que no necesariamente se traducirá en un rígido control.