Durante
años, empleo y trabajo han sido utilizados prácticamente
como sinónimos. Sin embargo, la tendencia demuestra que se trata
de conceptos muy distintos: mientras la oferta de trabajo se ha incrementado,
la de empleo decrece.
El
siglo XX impulsó una cultura laboral que prodigaba la responsabilidad
social de las empresas entendida como la capacidad para asegurar indefinidamente
un empleo. Tener un empleo era equivalente a tener un seguro de vida
que se mantenía sin importar habilidades y rendimiento.
En
la post Guerra Fría, la competencia entre las empresas se vio
facilitada por la disminución de los elementos que la entorpecían
y por la incipiente globalización liderada por las comunicaciones
y la informática.
La
organizaciones entendieron que requerían de una alta eficiencia.
De hecho, se acuñó una expresión nueva: capital
humano, en el que se entiende que el componente humano de las empresas
se maneja como capital, no como recurso. Con estos cambios, asistimos
al nacimiento de una nueva cultura laboral marcada por el reemplazo
del antiguo concepto de empleo por el nuevo de trabajo.
La
empresa de hoy ofrece trabajo en un contexto de libre mercado, tal como
funcionan las transacciones en el fútbol: cada deportista consciente
de su rendimiento y evaluando las ofertas que recibe del resto de los
clubes, decide si abandona su actual equipo o no.