OPINION
Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Viernes 10 de septiembre de 2004


ALVARO LARRAÍN
Director de Dynamisa



Henry Jekyll y Edward Hyde estaban forzados a competir y a colaborar.

A competir, porque uno buscaba afanosamente alcanzar éxito en su insólita experimentación y el otro, porque anhelaba convertirse en el único actor de la experiencia. A colaborar, porque no disponían más que de un solo organismo humano para los dos.

Sería aventurado imaginar que las empresas compiten y colaboran como lo hicieron estos personajes surgidos de la imaginación de R. L. Stevenson. Pero, a menudo, realidad e imaginación se confunden. Las empresas compiten para ser actores de éxito, es decir, para marcar diferencias que lleven a los clientes a preferirlas de las demás. Sea por producto, precio, imagen, servicio u otra razón. Sin embargo, en lo demás, las empresas colaboran en la práctica, porque se ven confrontadas a realidades comunes: ¿cómo desarrollar o hacer crecer el mercado? ¿cómo ser más eficientes? ¿cómo lograr que se respeten las reglas del juego? Existen innumerables ejemplos.

Pocos saben que grandes empresas del sector comercial intercambian informaciones estadísticas sobre remuneraciones y políticas de compensación relativas a posiciones clave. O que tres grandes marcas de automóvil pertenecientes a un mismo país montan en sus vehículos los mismos motores fabricados en conjunto. Competimos para diferenciarnos, en lo demás podemos colaborar o cooperar. Y ello se traduce en beneficios para todos. ¿Parece hermoso, verdad?

Empresas competidoras se apoyan entre sí más de lo que la gente cree.