Estos
progresos apuntan a corregir una cierta informalidad en las relaciones
profesionales, a combatir la planificación a veces precaria
de objetivos y a terminar con el seguimiento poco riguroso de los
progresos o retrasos de los proyectos. Los ejecutivos chilenos
afortunadamente no caemos en pecados capitales. Los nuestros son
más bien provincianos.
En primer
término, estamos obligados a tener siempre presente una
visión estratégica que apunte a identificar con precisión
las prioridades de la empresa. Ello nos asegura estar siempre preocupados
de lo que hace avanzar nuestros objetivos y a no consumir energías
en temas que nos alejan de éstos.
A los
ejecutivos chilenos nos gusta poco sentirnos obligados a tomar
decisiones. Sin embargo, el rol de un dirigente es decidir en forma
continua. Los altos ejecutivos son los encargados de echar a andar
métodos de trabajo que eviten el continuo aplazamiento de
las decisiones. Tampoco debe olvidarse que una decisión
no tomada a tiempo es tan perniciosa como una mala decisión.
Y al menos la mala decisión se puede corregir casi siempre
si se actúa con rapidez.